
LA CASA DEL JABONERO
Por Niza Puerto
Así, de la manera más fácil y sencilla, como si se tratara de un decreto, el presidente Felipe Calderón pidió en la reunión de Seguridad Pública que se vayan los policías corruptos de las corporaciones federales, estatales y municipales. Sin embargo, quizá el Jefe del Ejecutivo no pensó en dos inconvenientes: El primero, que el país se quedaría sin un solo agente, y el segundo, que los enviaría a unirse, ahora sí abiertamente, a la delincuencia.
Antes de hacer esa petición, el Presidente de México debió haber pensado en los alcances de la palabra “corrupción” en este país, que lo mismo toca a la policía que al civil, que lo mismo evita una multa que impone a presidentes que no ganaron las elecciones, como ha ocurrido en algunas ocasiones.
Muchos ubican a la corrupción primeramente en los agentes de la policía y en especial en los de Tránsito; sin embargo, esta enfermedad es la que mantiene a este país en jaque, que no lo deja avanzar y que es usado por todos, absolutamente todos los sectores de la población, siempre para los beneficios personales.
Nada justifica el uso de este mal hábito, de este vicio social, y por supuesto que menos aún en los encargados de mantener el orden y de proteger a la población, quienes muchas veces son tocados por la delincuencia para cambiar de bando, para cuidar a los que, en teoría, debe atacar.
Reiteramos que nada lo justifica, sin embargo la comisión de este abuso tiene su origen en la pésima selección de los agentes, en su peor preparación y en su intolerable salario que perciben, siendo que la mayoría de los policías en este país no tiene una verdadera convicción de servir a la gente, no sabe ni utilizar el arma y expone su vida por vivir miserablemente.
Entonces resulta muy fácil pedir que se vayan los agentes corruptos, en lugar de buscar los mecanismos, de crear las políticas públicas que combatan a la corrupción y dignifiquen la función policial.
Al escuchar la reunión de seguridad pública, nunca se refirieron a esto, a buscar mejores agentes, a capacitarlos y mucho menos a brindarles mejores condiciones de vida para ellos y sus familias, empezando por un tentador seguro de vida que garantice el bienestar de los deudos, siendo que hoy la función más peligrosa en México.
De hecho, la corrupción en la policía se ha institucionalizado no sólo por el hecho de que los altos mandos le exigen una cuota sus subalternos dependiendo del área donde les toca operar, si tienen patrulla, moto o son a pie, sino porque además los presupuestos de ingresos contemplan para el gobierno la entrada de dinero vía multas, lo que obliga a los agentes a ir de cacería.
Para poder terminar con la corrupción en la policía, se requiere modificar absolutamente todo el sistema, todo el aparato, empezando por la repartición de la riqueza de una manera más equitativa, por una educación para todos de calidad, con mejores condiciones de vida en general para todos los mexicanos, para finalmente aterrizarlo en la dignificación de los cuerpos de la policía.
Con las condiciones actuales, con los sueldos que se les pagan y con la pobreza que alimenta a la delincuencia, poco o nada se podrá hacer, por más que el Presidente de la República decrete lo que le venga en gana.
El hecho es mucho más complejo. Lo saben, pero sólo le juegan al tío Lolo.
nizapuerto@elquintanarroense.com
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